#SinCienciaNoHayFuturo

Imagen: ap photo / M. meissner

Iglesia y diversidad sexual

¿Una reconciliación posible?

Publicado: 2020-10-25

Durante siglos la Iglesia católica ha sido uno de los baluartes ideológicos contra la diversidad sexual en Occidente. Ello a pesar de sus propias ambigüedades internas en relación con el tema. Aunque hacia fuera su fuerza espiritual y política vertebró la homofobia estructural de muchas sociedades, hacia dentro fue bastante más condescendiente, en particular con quienes entre su clero célibe descubrían que dentro de ellos podían convivir el misticismo y el homoerotismo. A pesar de ello, la idea de que la “sodomía” era el mal absoluto para la humanidad se construyó a lo largo de los siglos en monasterios, seminarios y catedrales, en las cuales, paradójicamente, el “pecado” no era infrecuente.  

Con la modernidad, la Iglesia tuvo que enfrentarse al doble desafío que le planteó el avance del conocimiento científico sobre la sexualidad humana, así como el progresivo reconocimiento global de los derechos humanos. Sobre esa base, al menos en una parte de la humanidad, se ha desarrollado una irrefrenable marcha hacia el reconocimiento de la dignidad y los derechos de las personas lgbti. Pero en El Vaticano esa marcha apenas se movió. Incluso retrocedió en las décadas de la hegemonía conservadora prebergogliana. Aunque luego de Vaticano II la Iglesia ha hecho importantes esfuerzos para aggionarse, su incapacidad para abrirse hacia una de las últimas fronteras de los derechos humanos parece irreversible. O más bien, parecía. Hasta que llegó Francisco y la reconciliación empieza a parecer posible.

Aunque el Papa del “fin del mundo”, como él mismo se autodenominó, está dejando un gran legado en su perspectiva sobre diversos problemas globales (ecología, pobreza, inmigración, etc.), sus gestos hacia las minorías sexuales constituyen realmente un punto de quiebre. Sus declaraciones en esta semana podrían convertirse en uno de los hitos de dicha inflexión, aunque hay que tomarlas con ponderación. Los progresistas se exceden en entusiasmo y los conservadores en pánico. Para serenar a ambos hay que precisar los niveles en los que el papa está marcando su impronta.

En lo institucional y doctrinario en realidad hasta ahora Francisco no ha cambiado nada. El dogma de la Iglesia, que señala que la homosexualidad es un acto “intrínsecamente desordenado” no ha sido tocado. Y no lo va a ser hasta que la Iglesia, una corporación religiosa global, encuentre mecanismos colectivos de cambio sin poner en riesgo su unidad alrededor de un asunto tan sensible. En otras palabras, ningún papa, por más progresista que sea, se atreverá a tocar los dogmas sobre la sexualidad si es que previamente no se perciben avances en las tendencias favorables a dicho cambio en la jerarquía y el laicado. La vía más factible entonces sería la conciliar. Un Vaticano III que refresque la Iglesia y la traiga, por fin, al siglo XXI. Me inclino a pensar que Francisco sueña con eso y está pavimentando el camino para que su sucesor se atreva. Bastaría con que en el siguiente lustro pueble de pastores progresistas las diócesis y el cónclave para dejar su legado.

En lo que sí Francisco está dejando huella es en su actitud personal y su estilo pastoral. Ningún romano pontífice antes que él se ha expresado y acercado de manera más empática y compasiva hacia las personas lgbti en la milenaria historia de la Iglesia. Más aún con sus recientes declaraciones en el documental Francesco. Es la primera vez que un Papa ubica sus apreciaciones sobre la homosexualidad en un contexto positivo y ético. Hasta ahora lo único que salía de la boca de los jerarcas de la Iglesia eran anatemas, resignación o silencio. Afirmar que los homosexuales son “hijos de Dios” es realmente buena nueva en la voz del Papa. ¿Eso es suficiente? No. Pero sí marca un punto de quiebre en la experiencia pastoral de la Iglesia. Una pastoral que, además, tiene una dimensión política. Hasta ahora, cada vez que algún Estado se ponían en debate leyes civiles que reconozcan los derechos de la comunidad lgbti, la jerarquía católica se movilizaba para oponerse. Sus argumentos iban desde que es una moda extranjera hasta que es una amenaza para la familia e incluso una aberración para la humanidad. Es decir, ubicaban su discurso dentro de una línea de deslegitimación moral del ciudadano sexualmente diverso. No podían hacer más, porque, al menos en las democracias más sólidas, la laicidad es un principio fundamental que las salvó de la interferencia religiosa. ¿Qué dirán ahora que la propia cabeza de la Iglesia no solo no se opone a la legislación civil para parejas del mismo sexo, sino que además reconoce valor moral a la experiencia de vida de las personas lgbti?

Desde ojos externos, en particular desde el activismo lgbti, es posible que se vea con suspicacia e insuficiencia este gesto. Es comprensible, teniendo en cuenta la deuda histórica de la Iglesia con las personas de la diversidad sexual. Pero desde el núcleo de la experiencia histórica y espiritual de los cristianos, en particular de los católicos, el gesto es trascendente. Es posible que estemos viviendo uno de esos excepcionales momentos en la historia en que la Iglesia finalmente empieza a moverse hacia adelante. Con lentitud, sí. Con éxito, no lo sabemos. Depende también de cuánto los fieles católicos se comprometan a acompañar a su pastor en la transformación ética de su Iglesia, para que se ponga al servicio de quienes más sufren y menos al lado de quienes propician el odio. Esto implica también que reconozcan a los millones de creyentes lgbti que participan y contribuyen con sus dones al avance de la Iglesia, la mayoría de ellos desde el silencio o la represión. La Iglesia necesita reconciliarse con ella misma. Aunque el Papa lance gestos de aceptación, de nada servirá si el resto de la Iglesia sigue encerrada en su actitud de negación hacia la diversidad sexual, dentro y fuera de ella. Se necesita mucho más que un Papa progresista para que la Iglesia asuma plenamente su propósito de ser un don de Dios para la humanidad.



Escrito por

Juan Fonseca

Historiador, editor y docente universitario. Interesado en reflexionar sobre la religión, la política, la historia y las sexualidades.


Publicado en